El documental “El rompecabezas de Paula”, impulsado por el colectivo de comunicación Las Tintas, retoma su rodaje en Tunuyán luego de haber quedado en pausa tras la partida de la voz narradora. Lo que podría parecer el guion de una ficción es, en realidad, uno de los capítulos más crudos de la historia argentina.
La vida de Paula Molinas, hija de desaparecidos durante la última dictadura militar, es una de esas historias reales que atraviesan generaciones y que hoy buscan mantenerse vivas en la memoria colectiva.
Su vida, marcada por la búsqueda de la verdad, la restitución de su identidad y el compromiso militante con los derechos humanos, hoy se proyecta como testimonio vivo en este documental colectivo que busca honrar su memoria y su lucha.
Un deseo nacido en 2021
La idea de narrar su historia fue de la misma Paula. En 2021, tras el aislamiento por la pandemia, se reencontró con su amiga Mariela Muñoz en Tunuyán y le expresó su deseo:
“Quiero contar mi historia. Quiero dejarla registrada, como herramienta para las nuevas generaciones.”
Así nació el proyecto Las Tintas, un colectivo de comunicación surgido en San Luis. Con una beca del Fondo Nacional de las Artes, comenzaron a trabajar en un documental con proyección pedagógica para abordar temas como identidad, memoria y derechos humanos.
“Paula siempre vinculó su militancia a la educación. Para ella, hablar de memoria era también hablar de ciudadanía, de amor y de derechos”, recuerda Muñoz.
Las primeras filmaciones se realizaron en Tunuyán, en su casa y en espacios clave de su vida. El documental incluye entrevistas a familiares, amigas, militantes de derechos humanos y referentes locales, así como material histórico que contextualiza su vida en los años de dictadura y en la reconstrucción democrática.
Con una estructura pensada como una serie documental de cuatro o cinco capítulos, la historia empezó a tomar forma.
Una pausa necesaria
La repentina enfermedad y posterior muerte de Paula detuvo el avance del documental. El duelo y el respeto por los tiempos emocionales de quienes impulsaban el proyecto llevaron a suspender las grabaciones.
“Había mucho movimiento emocional. Había que darnos tiempo para elaborar, para cuidar el proceso,” explicó Muñoz al medio Los Andes.
Pero el material quedó resguardado: horas de grabaciones, entrevistas, registros históricos y planificaciones aguardaban el momento justo para ser retomadas.
Colecta solidaria y nuevo formato
Para concretar el rodaje y edición, se lanzó una colecta solidaria bajo el nombre del proyecto: “El rompecabezas de Paula”.
La serie mantendrá su formato de capítulos breves (15 a 20 minutos), pensados como recursos pedagógicos para escuelas y espacios educativos.
El documental incluirá también segmentos animados que acompañarán los relatos de Paula, dando nuevas dimensiones a su historia. A través del Instagram @rompecabezasdepaula y una cuenta bancaria, invitan a colaborar con esta construcción colectiva de memoria.
“Construir el documental de manera colectiva es también una forma de honrar a Paula”, señala Muñoz.
Actualmente, el proyecto se encuentra en un 40% de avance, con reuniones semanales de producción, planificación de rodajes y búsqueda de apoyos para hacer posibles los viajes.
“En un tiempo de tanta incertidumbre social, apostar a lo colectivo es un desafío y una necesidad. Es la forma que conocemos de seguir sembrando memoria”, concluyó Muñoz.

¿Quién fue Paula Molinas?
Nacida en 1974, hija de militantes montoneros, fue licenciada en Letras, docente, militante social, madre y compañera. Tunuyanina por adopción, cordobesa por causalidades y santafecina de nacimiento.
Su madre, María Guadalupe Porporato, murió cuando Paula tenía seis meses. Su padre, Francisco “Pancho” Molinas, la cuidó en la clandestinidad, pero debió dejarla al resguardo de una tía. Más tarde fue asesinado. Su compañera, Clara, logró esconderse con Paula antes de ser desaparecida. Paula fue criada bajo otro nombre: “Pipa”, en un intento por salvarla del horror.
A los 14 años, las preguntas sobre su identidad se volvieron persistentes. A los 19, inició su búsqueda. Un error en su apellido complicó el camino, pero una serie de llamados la condujo hasta su familia biológica. Allí, descubrió otra niña criada como Paula, nacida el mismo día: otra víctima del despojo de identidades.
Con ayuda de Abuelas de Plaza de Mayo, los estudios de ADN confirmaron su origen. En 2015, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de su padre, enterrado como NN.
Paula abrazó ambas partes de su historia:
“Ellos me salvaron la vida. Cometieron errores, pero siempre me dijeron la verdad. Me acompañaron cuando decidí buscar”, decía sobre su familia adoptiva.
“Es como si el río volviera a su cauce”, agregaba sobre su identidad recuperada.
Contar su historia era su forma de sanar, de honrar a sus padres y de construir memoria para todos.
