Este 20 de marzo se cumplen 165 años del terremoto de 1861, el evento sísmico más destructivo registrado en Mendoza (con una magnitud estimada en 7,5). En apenas dos minutos, el movimiento arrasó con gran parte del casco urbano, dejó más de 4.200 víctimas fatales y una ciudad prácticamente destruida, situación que se agravó por incendios que se extendieron durante varios días.
A partir de esa catástrofe, Mendoza inició un proceso de reconstrucción que redefinió su identidad. La nueva traza urbana implicó trasladar la ciudad hacia la zona actual de plaza Independencia (bajo el diseño del agrimensor Julio Balloffet) e incorporó criterios innovadores para la época, como calles más anchas y espacios abiertos pensados como zonas seguras ante futuros sismos.

Ese cambio también significó dejar atrás la ciudad colonial original. Con el paso del tiempo, ese pasado quedó relegado (aunque hoy se recupera a través de espacios patrimoniales como el Área Fundacional y las Ruinas de San Francisco), donde aún se conservan vestigios de la antigua Mendoza previa al desastre.
Sin embargo, más allá de la reconstrucción, investigaciones académicas ponen el foco en el desarrollo posterior. Estudios como los de la especialista María Rosa Cozzani advierten una “desaceleración de la metropolización” (es decir, un crecimiento más moderado y menos concentrado que en otras ciudades del país), lo que marca una diferencia con procesos urbanos más dinámicos en Argentina.
En esa línea, otros análisis suman un dato clave: Mendoza creció principalmente en extensión territorial (ocupando más superficie), pero no en densidad poblacional, lo que abre interrogantes sobre su proyección a largo plazo. Así, el terremoto no solo redefinió la ciudad en su momento, sino que también dejó huellas en su desarrollo urbano que, más de un siglo después, siguen siendo objeto de debate.