Mientras el discurso oficial insiste en mostrar una provincia “ordenada”, “moderna” y “en marcha”, la realidad -esa que no entra en los spots- sigue golpeando con fuerza sobre el asfalto. O, mejor dicho, sobre lo que queda de él.
En la Ruta Nacional 40, uno de los corredores viales más importantes del país y arteria clave para el sur mendocino y el Valle de Uco, hay dos puentes caídos desde hace seis años. Sí, seis. No es una exageración ni una metáfora: seis años sin una sola obra concreta, sin avances visibles, sin plazos claros y, sobre todo, sin respuestas.
Los puentes están ubicados sobre el arroyo Los Chañares y, a unos cinco kilómetros, sobre el arroyo Los Pozos, en el tramo que une Luján de Cuyo con Tunuyán. Una zona de tránsito intenso, por donde circulan miles de vehículos y camiones por día, incluyendo transporte de carga, producción agrícola, turismo y trabajadores que dependen de esa ruta para vivir.
La ausencia que nadie explica
Lo más grave no es solo el estado deplorable de la infraestructura, sino la normalización del abandono. Desvíos precarios, señalización improvisada y una sensación permanente de riesgo se volvieron parte del paisaje. ¿Dónde está el Estado cuando una ruta nacional estratégica queda virtualmente inutilizada durante años?¿Quién se hace cargo del peligro diario al que se expone a quienes transitan ese tramo?
Las respuestas brillan por su ausencia. No hay anuncios, no hay licitaciones visibles, no hay cronogramas públicos. Solo silencio.
Pan, circo y distracción
Mientras tanto, la agenda oficial parece estar en otro lado. Conferencias, actos, discursos rimbombantes y debates grandilocuentes que poco tienen que ver con los problemas urgentes de la gente. La infraestructura básica -esa que no corta cintas ni da likes- queda relegada, invisible, incómoda.
Resulta paradójico que se hable de desarrollo, inversión y futuro, cuando no se puede garantizar algo tan elemental como un puente en pie. No se trata de obras faraónicas ni de proyectos imposibles: se trata de conectar territorios, de cuidar vidas, de permitir que la economía regional funcione sin obstáculos absurdos.
Seis años no son un error: son una decisión
Porque cuando pasan seis años sin soluciones, ya no se puede hablar de demora administrativa ni de imprevistos técnicos. Es desidia. Es ineptitud. Es abandono deliberado.
Cada día que pasa sin obras es una confirmación más de que este problema no está en la lista de prioridades. Y cuando un Estado elige no priorizar rutas, seguridad vial y conectividad, lo que está diciendo -aunque no lo admita- es que hay ciudadanos de primera y ciudadanos que pueden esperar.

¿Hasta cuándo?
La pregunta ya no es técnica ni presupuestaria. Es política y moral: ¿cuántos años más van a pasar antes de que alguien se haga cargo? ¿Hace falta una tragedia para que estos puentes entren en agenda?
La Ruta 40 no puede seguir siendo un símbolo del abandono. Mendoza no puede seguir mirando para otro lado mientras dos puentes caídos recuerdan, todos los días, que el relato oficial y la realidad viajan por caminos muy distintos.
