Argentina atravesó en la última década un cambio demográfico sin precedentes recientes. La fecundidad cayó un 48% entre 2014 y 2024, después de décadas en las que el país había mantenido niveles relativamente estables en torno a los 2,4 hijos por mujer. El descenso llevó la tasa a 1,23 hijos por mujer en 2024, con una caída especialmente pronunciada entre las adolescentes, cuya fecundidad se redujo un 71%, y las mujeres de entre 20 y 24 años, con una baja del 52%.
El fenómeno se extendió a todo el país y también redujo algunas brechas sociales. La cantidad de nacimientos entre mujeres que no terminaron el secundario cayó un 75%, mientras que provincias como Tierra del Fuego llegaron por primera vez a registrar una tasa inferior a un hijo por mujer. Los especialistas señalan que no existe una única explicación: además de cambios culturales vinculados con la autonomía de las mujeres y la postergación de la maternidad, tuvo un peso importante la incorporación de métodos anticonceptivos de larga duración al sistema público de salud desde 2014. A esto se sumó, desde 2018, el Plan ENIA, que contribuyó a reducir los embarazos adolescentes no intencionales.

La caída de los nacimientos no estaría explicada principalmente por la situación económica, la pandemia ni la legalización del aborto, ya que el descenso comenzó antes de esos acontecimientos. El cambio demográfico puede convertirse ahora en una oportunidad para Argentina, especialmente por el llamado bono demográfico: durante los próximos 10 a 15 años, el país tendrá una proporción relativamente favorable de personas en edad laboral frente a niños y adultos mayores. El desafío será aprovechar ese período para aumentar la productividad, invertir en tecnología y mejorar el capital humano antes de que el envejecimiento de la población gane mayor peso.
El impacto también se sentirá en las escuelas. La menor cantidad de niños ya está reduciendo el número de ingresantes a la primaria y desde 2028 comenzará a sentirse en el nivel secundario, lo que podría liberar recursos que históricamente se destinaban a ampliar la infraestructura y las vacantes. En lugar de considerar la caída de la matrícula únicamente como un problema, el nuevo escenario permitiría apostar por jornadas extendidas, capacitación docente y una atención más personalizada. Además, la reducción de los embarazos adolescentes puede favorecer la continuidad educativa y el acceso a mejores empleos, convirtiendo el cambio demográfico en una posibilidad para reducir desigualdades y mejorar las condiciones de vida de las próximas generaciones.
